Por Sergio “Cocoliche” Mansilla Alvarado
Martes 07 de julio 2026
Hace aproximadamente 35 años tuve la oportunidad de viajar a Noruega, específicamente a Oslo, para observar la Norway Cup, uno de los campeonatos de fútbol juvenil más importantes del mundo.
Lo que vi en ese momento me impresionó profundamente. Participaban cerca de 10.000 niños y jóvenes, entre hombres y mujeres de 10 a 17 años, provenientes de todos los continentes. Más que un campeonato de fútbol, era una verdadera fiesta del deporte, donde se unían la competencia, la educación, la cultura y la convivencia entre distintas naciones.
En esos años, Noruega no era reconocida como una potencia futbolística. Su deporte tradicional era el esquí y todas las disciplinas relacionadas con la nieve. Además, las condiciones climáticas no eran las más favorables para el fútbol, ya que el país dispone de apenas unos pocos meses de verano para desarrollar la actividad al aire libre.
Sin embargo, al observar la organización de la Norway Cup, la cantidad de niños participando y el compromiso de clubes, familias y autoridades, pensé que ese país estaba sembrando una semilla que algún día daría grandes resultados.
Treinta y cinco años después, esa reflexión cobra pleno sentido.
Hoy Noruega cuenta con futbolistas de nivel mundial que destacan en las principales ligas de Europa. Su selección nacional compite de igual a igual frente a las grandes potencias, como quedó demostrado con su reciente triunfo sobre Brasil y el crecimiento sostenido que ha mostrado en los últimos años.

Nada de esto ocurrió por casualidad.
Es el resultado de políticas deportivas de largo plazo, de una formación organizada desde la infancia, de entrenadores capacitados, de excelentes instalaciones y de una cultura que entiende que el desarrollo de un futbolista requiere tiempo, paciencia y planificación.
Los países escandinavos tienen una característica que los distingue: trabajan pensando en el futuro. No buscan resultados inmediatos, sino construir procesos sólidos que permitan cosechar frutos muchos años después.
Esa es, quizás, la mayor enseñanza que me dejó la Norway Cup.
Los grandes proyectos deportivos no se construyen en una temporada. Se construyen formando niños, educando entrenadores, involucrando a las familias y manteniendo una visión clara durante muchos años.
Como entrenador y formador, esa experiencia reafirmó mi convicción de que el fútbol infantil debe ser, antes que nada, un espacio para educar personas. Cuando se trabaja bien desde la base, los resultados deportivos llegan como consecuencia natural del proceso.
Hoy, al mirar el crecimiento del fútbol noruego, recuerdo aquel viaje a Oslo y confirmo que los sueños pueden hacerse realidad cuando un país cree en sus niños y trabaja con perseverancia.
Porque en el deporte, como en la vida, primero se siembra… y después se cosecha.