Por Sergio «Cocoliche» Mansilla Alvarado
Director Revista Deportiva Juego Limpio

Hay historias que el fútbol escribe con los pies. Otras las escribe el tiempo. Pero existen algunas que solo pueden ser escritas por la vida.

La de Emilio Mansilla Soldén pertenece a ese reducido grupo de historias que emocionan porque nacen desde la sencillez y se construyen durante décadas con trabajo silencioso, humildad y una fidelidad inquebrantable a una institución.

En silencio fue sembrando valores, corrigiendo detalles técnicos, fortaleciendo la confianza de quienes soñaban con seguir sus pasos. Allí descubrió que formar un futbolista significa, antes que todo, formar una buena persona.

Hoy muchos lo conocen como el entrenador del primer equipo de Deportes Puerto Montt. Sin embargo, detrás de ese cargo existe una vida completa dedicada al club. Una historia que comenzó hace más de cuarenta años, cuando un niño de apenas doce años cruzó por primera vez las puertas del estadio acompañado de su hermano Esteban, llevando en el corazón la ilusión que tienen todos los niños que aman el fútbol: vestir algún día la camiseta del equipo de su ciudad.

Tuve el privilegio de conocer a Emilio desde aquellos años. Lo vi crecer como futbolista, como persona y, más tarde, como entrenador. Por eso puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que su llegada a la dirección técnica del plantel profesional no es fruto de la casualidad. Es el resultado de una vida construida con esfuerzo, preparación y una profunda lealtad a los colores albiverdes.

En aquellos años, el fútbol era diferente. No existían las modernas instalaciones, los grandes centros de entrenamiento ni la tecnología que hoy acompaña la preparación de los equipos. Lo que sí existía era una enorme pasión por aprender y el orgullo de representar a Deportes Puerto Montt.

Los entrenamientos eran verdaderas escuelas de vida. Los niños llegaban mucho antes de la hora señalada solo por el deseo de tocar un balón. Se aprendía escuchando a los entrenadores, observando a los jugadores mayores y comprendiendo que el respeto era tan importante como el talento.

En ese ambiente se formó Emilio Mansilla.

Nunca fue un muchacho de grandes discursos. Siempre habló más con su conducta que con sus palabras. Era disciplinado, respetuoso y constante. Mientras otros buscaban sobresalir rápidamente, él entendía que el crecimiento era un proceso y que el verdadero éxito se construía entrenamiento tras entrenamiento.

Con el paso de los años llegó el fútbol profesional. Defendió con orgullo la camiseta de Colo Colo Deportes Puerto Montt y más tarde continuó su carrera en otros escenarios, entre ellos Unión La Calera y el fútbol de Estados Unidos. Cada experiencia amplió su visión del juego y fortaleció su carácter, pero nunca debilitó el vínculo que lo unía al club donde había comenzado todo.

Muchos futbolistas, al terminar su carrera, se alejan definitivamente de las canchas. Emilio eligió el camino más difícil: seguir aprendiendo para enseñar.

Ingresó al Instituto Nacional del Fútbol (INAF), donde obtuvo el título de entrenador profesional. No buscaba un cargo. Buscaba prepararse para aportar con seriedad y conocimiento.

Su regreso a Deportes Puerto Montt no estuvo acompañado por grandes titulares. Volvió para trabajar donde muchas veces pocos miran: el fútbol formativo.

Durante años dedicó su tiempo a enseñar a niños y jóvenes. En silencio fue sembrando valores, corrigiendo detalles técnicos, fortaleciendo la confianza de quienes soñaban con seguir sus pasos. Allí descubrió que formar un futbolista significa, antes que todo, formar una buena persona.

He tenido la oportunidad de observar ese trabajo muy de cerca. Como entrenador nacional y como director de la Escuela de Fútbol Estrella Blanca, sé perfectamente que el verdadero formador no es el que busca reconocimiento. Es aquel que celebra el crecimiento de sus alumnos, aunque nadie conozca su nombre.

Emilio pertenece precisamente a esa categoría de entrenadores.

También compartimos espacios dedicados al desarrollo del fútbol infantil, donde siempre destacó por su disposición para enseñar y colaborar. Nunca hizo diferencias entre un club profesional y una escuela de barrio. Para él, cada niño merecía la misma atención, el mismo respeto y la misma oportunidad de aprender.

Por eso, cuando Deportes Puerto Montt anunció su nombramiento como entrenador del primer equipo, sentí una profunda alegría. No solo por Emilio, sino también por el mensaje que esa decisión entrega al fútbol chileno.

Los clubes necesitan volver a creer en su propia identidad. Necesitan confiar en quienes conocen sus raíces, entienden su historia y sienten la camiseta como parte de su vida.

El fútbol moderno suele mirar demasiado hacia afuera, buscando soluciones rápidas. Sin embargo, las instituciones más sólidas del mundo han demostrado que los grandes proyectos nacen cuando se fortalece el trabajo interno, cuando se protege la formación y cuando se entrega la responsabilidad a profesionales preparados que conocen la esencia del club.

Deportes Puerto Montt ha dado un paso importante en esa dirección.

La ciudad también tiene una responsabilidad.

Los hinchas deberán comprender que ningún proyecto serio se construye en pocas semanas. Todo proceso necesita tiempo, respaldo y confianza. El éxito no depende solamente del entrenador; depende de dirigentes, jugadores, funcionarios, socios e hinchas. Todos forman parte del mismo equipo.

Estoy convencido de que Emilio Mansilla Soldén llega preparado para este desafío. No porque tenga una receta mágica, sino porque conoce el camino. Lo recorrió como niño, como juvenil, como jugador, como estudiante y como formador.

Ese recorrido no se improvisa.

Se vive.

Y pocas personas pueden decir que han dedicado más de cuatro décadas de su existencia a una sola institución.

Hoy, aquel niño que llegó con un bolso lleno de ilusiones vuelve al lugar donde comenzó todo. Ya no entra al camarín buscando un puesto entre los titulares. Ahora ingresa con la enorme responsabilidad de conducir el destino deportivo del club que marcó su vida.

El fútbol tiene memoria.

Y la memoria también sabe reconocer a quienes nunca dejaron de creer.

Ojalá esta nueva etapa esté llena de éxitos. Porque cuando un hombre de la casa alcanza el lugar que soñó desde niño, no solo triunfa una persona.

Triunfa una historia.

Triunfa una institución.

Y triunfa una ciudad que vuelve a encontrarse con una parte de su propia identidad. «Los clubes pueden contratar entrenadores. Pero muy pocos tienen el privilegio de confiar su destino a un hombre que creció en sus camarines, aprendió en sus canchas, defendió sus colores y jamás dejó de creer en su institución. Emilio Mansilla Soldén no llega como un extraño; vuelve a casa para escribir un nuevo capítulo de la historia de Deportes Puerto Montt.»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *